Bosch

La historia como prestigio

El secreto de las empresas centenarias

por Malena Rodríguez Guglielmone
Fotografía: Marcos Mendizábal

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Tienen más de cien años de historia. Se han edificado sobre valores que transmitieron a sus familias de generación en generación, entre los que la honestidad, la buena comunicación y la confianza fueron una constante. Es el caso de Castells, Monte Paz, La Ibérica, Casa Tammaro, Freccero, Matías González, Salus, entre otras. Las empresas centenarias persisten hasta el día de hoy por la defensa de sus valores y porque han tenido la capacidad de aggiornarse a los nuevos tiempos. He aquí cuatro casos emblemáticos.

1. Casa Tammaro. Cuando se sube la cuesta de la calle Juncal hacia la Plaza Independencia aparece, iluminado por la luz del sol, el vitral de Casa Tammaro. Una antigüedad exquisita que en su origen se mandó a hacer en Italia y que arribó a Uruguay en 1910. En ese mismo barco venían los muebles de roble para el salón de ventas. Luis Tammaro había llegado en 1887 de su Nápoles natal con dinero, maquinaria y conocimiento del oficio de grabador. Su aspiración a crecer lo había llevado de Nápoles a Buenos Aires. Pero fue un viaje tan tortuoso que cuando llegó a Montevideo y vio el cerro y la bahía—tan parecidos al Vesubio y a la bahía de su ciudad natal— bajó del barco sin dudar. Aquí compró terrenos e hizo construir la casa para la fábrica; una casa que es lindera a la contraescarpa de la muralla de Montevideo. Tammaro se destacó rápidamente con su arte, tan apropiado para poner un sello en momentos importantes de la vida. Con el tiempo fue ganando prestigio, mecanizando el trabajo de los más grandes escultores que tuvo el país como José Belloni, Antonio Pena, Edmundo Prati, Bernabé Michelena, Severino Pose, entre tantos otros.

Algunas de estas empresas tienen también familias de empleados dentro de sus plantillas.

Hoy día Casa Tammaro tiene más de ciento diez escultores mecanizados según afirma Leonel Bettinelli, uno de los titulares desde que su familia y otros socios compraron la empresa en 1977. Explica que las medallas de calidad son hechas en yeso por los escultores, luego fundidas en bronce y así se conforman las matrices que son unos discos de treinta centímetros. Al traspasar el cálido salón de ventas se accede al taller que impacta con sus inmensos pantógrafos que transforman las matrices al tamaño de una medalla, o con los balancines para estampar. Uno de ellos pega diez toneladas y otro cien. Los bancos de joyero también son una joyita de época que conviven con máquinas modernas, como un pantógrafo digital. Se ven medallas, bustos, esculturas, discos. Pareciera que nada cambió en el oficio y, sin embargo, no es así. «Es mucha responsabilidad llevar adelante una firma con tanto prestigio», explica Bettinelli. «En otros tiempos se trabajaba con un nivel de detalle y de calidad y con determinados tiempos que es muy difícil de igualar hoy. Antes, las cosas se preparaban con meses de antelación, hoy, con días y horas. De todos modos, la calidad es lo que nos caracteriza. Hubo malos y buenos administradores, pero todos mantuvieron la calidad y eso nos trajo hasta acá.»

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El modelo de negocio lo han adaptado siendo flexibles; han mejorado la tecnología trayendo pantógrafos y materiales del exterior y fabricando ellos mismos muchas cosas que no se consiguen en plaza, como los estuches. Su principal cliente es el Estado, pero también diversas instituciones y particulares. Por otra parte, Casa Tammaro tiene su museo en la planta superior de la casa, con entrada independiente. Allí reciben la visita de escuelas y de toda persona interesada en este noble arte. Un numismático muy romántico dijo una vez que la medalla se puede llevar en una cadena y, si bien el metal es frío de por sí, cerca del cuerpo cambia de temperatura y libera su historia.

2. Farmacia Matías González. La farmacia Matías González cumple este año ciento doce años de vida. El doctor en química que puso su nombre al emprendimiento, fundado en 1905, se destacaba por su labor académica y por ser uno de los primeros estudiosos de nuestra botánica. De hecho, fue autor, junto a Aída Vallarino y a Atilio Lombardo, de la primera publicación que describe las plantas nativas. En sus comienzos, el local estaba ubicado sobre la calle Andes con conexión a la Plaza Independencia. En 1930, se trasladó al actual edificio de la calle Colonia, obra del arquitecto Elzeario Boix. Por ese entonces el sector de ventas, con sus muebles tallados inspirados en una farmacia florentina, era muy reducido, pues casi todo el local era usado por la botica para preparar los medicamentos en las clásicas botellitas de vidrio marrón.

En 1947 Matías González decidió vender su empresa. Un joven que trabajaba en otra farmacia, Jorge Nelson Loffredo, fue informado por un cliente de la venta. El mismo cliente lo alentó a comprar y se ofreció para financiar la transacción. Si bien no tenía educación formal en el tema, Loffredo había trabajado con el Prof. Tubino con quien hacía prácticas universitarias. Asumió el desafío, pero en 1961 un quebranto de salud llevó a que lo sucediera su hijo, Milton Loffredo. Así comenzó la tradición familiar. Recibido de Químico Homeópata en la ciudad de Buenos Aires, Milton continuó generando nuevas fórmulas y productos y proyectó la marca MG en el mercado uruguayo. La producción creció en forma exponencial y hubo que ampliar los metros cuadrados de la farmacia.

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Los hijos de Milton —Ana, Patricia y Jorge— se incorporaron con fuerza en 1985 y han sostenido e impulsado el crecimiento de la empresa básicamente en tres grandes áreas: la farmacia y homeopatía, la cosmética y el instituto de formación (técnicas de masaje terapéutico). Como es habitual, la transmisión de valores es clave para la supervivencia de la empresa. «Con mis hermanos tenemos una buena relación. Se lo agradecemos a nuestros padres por el tipo de educación que nos dieron. De saber conversar y discutir, pero también ser tolerantes. Esto es como un matrimonio. ¿Cuál es tu meta? Que funcione. Entonces tenés que encontrar los caminos para que funcione. Cada uno se encarga de un área, tratamos de no pisarnos.»

Matías González comprende todo el edificio. Cada piso con su decoración. Allí funcionan el laboratorio, el pequeño spa, la administración, atención a distribuidores de productos cosméticos y la parte de asesoramiento a profesionales.

Para seguir vigentes han estado atentos y han invertido en capacitación. Crean nuevos productos basándose en bibliografía, en el trabajo que hacen dos de sus químicas y en lo que les pide el propio cliente. La ampliación del sector de atención al público de la farmacia, a cargo de los arquitectos Ana Loffredo y de su marido Gustavo Alonso, generó el espacio para que ese intercambio sea más fructífero.

3. La Ibérica. Otra empresa que es fundada sobre fines del siglo xix es La Ibérica que en 2017 está cumpliendo ciento veinticinco años. Guillermo Lockhart, descendiente de escoceses, y recordado por su familia como una persona arriesgada y valiente, compró en 1892 un local en la Ciudad Vieja. En 1900 adquirió el espacio actual, a pocos metros del anterior, sobre la calle Rincón. Allí edificó con lo mejor que había en el momento: vidrios importados de Francia, pinotea y cedro traídos de Estados Unidos, columnas de Inglaterra. Las claraboyas y la yesería fueron diseñadas especialmente para el local. Se trataba de un gran almacén donde se vendía desde platería y vajilla de las mejores marcas europeas hasta faroles de mantilla y juguetes. También se hacían repartos a domicilio con un camión cachila que llamó mucho la atención por lo novedoso del servicio.

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Con los años, los hijos de Guillermo Lockhart innovaron en cuanto a lo que es la exhibición. Hicieron la primera gran reforma del local adaptándolo a las tendencias en exposición que estaban vigentes en los años cincuenta. La tercera generación, encabezada por Patricia Lockhart, le dio un giro total al negocio enfocándose en la venta de muebles y decoración. A fines del siglo xx se hizo una gran reforma del local transformando cuatrocientos metros cuadrados de depósito en salón de exposición y ventas. Esta generación es la que introduce el concepto de listas de casamiento en Uruguay. Se replicaba así el modelo europeo que descubrieron en uno de sus viajes. También se incorporó el concepto de venta telefónica que no existía hasta el momento y que fue difícil de adoptar, pues la gente no se animaba a dar los datos de su tarjeta por teléfono. La confianza en la empresa logró sortear esta dificultad.

La sangre más joven vino de la mano de Ema y Paula quienes conviven con la tercera generación. Están encargadas de desarrollar con mucha fuerza el canal de ventas online y a través de las redes sociales. «La gente espera que la sorprendas y hay que estar siempre a la altura de las expectativas de la gente o más», explica Ema. «Mis dos padres trabajan en la empresa actualmente y a nosotras nos transmitieron la necesidad de ser siempre honestas con nuestros clientes, proveedores y colaboradores. Eso trae como contrapartida la confianza en la empresa. A su vez, es importante el respaldo de la empresa, por lo que tratamos los reclamos con mucha seriedad. Por último, pasión por lo que hacemos. Para nosotros La Ibérica es mucho más que un medio de supervivencia económica. Fuimos educadas para dar nuestro máximo en todo.»

4. Castells. Lambriz oscuro, libros de arte y varias obras abstractas son el sello del escritorio de Juan Castells; pero quien se roba todo el protagonismo es la gran ventana enmarcada en hojas de timbó que deja ver la bellísima fachada de la estación de ferrocarriles del Estado. Desde hace treinta años que la firma Castells funciona en este gran edificio de siete mil metros cuadrados sobre la calle Galicia. Originariamente se trataba de dos edificios: uno sobre la esquina, de aspecto clásico, que fue de una distribuidora y, pegado a él, otro más moderno, de líneas austeras y ventanas grandes, donde la firma Cassarino Hermanos fabricaba sus lanchas.

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Juan Castells se acomoda en la poltrona de cuero y se dispone a contar sobre la historia de la empresa familiar que hace bastante tiempo ya pasó el centenario. Es uno de los cuatro primos rematadores, cuarta generación, que hoy llevan adelante la empresa. Han cambiado mucho las costumbres desde la segunda mitad del siglo xix, aunque los clientes no han variado demasiado. Cuenta Juan que sigue estando esa gente asidua, un poco fanática, que gusta pasar todas las semanas para ver qué hay y que forman parte del espíritu del remate. Un público muy variado que va desde el feriante de Tristán Narvaja a los grandes coleccionistas de arte de Uruguay o a los empresarios que compran propiedades para hacer grandes emprendimientos.

Los rematadores de la familia fueron dando sucesivamente a sus hijos las herramientas para manejarse entre ellos y con la gente. «Por ejemplo, la forma de ser franca», explica Juan. «Cuando alguno de los primos no está de acuerdo nos preocupamos de que se plantee bien. Esa forma de manejarnos lo hace muy llevadero y hace que cualquiera de nosotros cuatro se levante temprano con ganas de venir a trabajar con sus primos.»

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Son muchos los rubros dentro de Castells, pero uno que destaca por su transformación es el de la pintura, básicamente por el impulso que ha tenido el arte contemporáneo. Antes se vendía solamente pintura europea y nacional, actualmente hay varios rubros a nivel nacional: grandes maestros, figurativos, Taller Torres García, arte abstracto y subastas de lotes de objetos de importantes pintores, junto a otros que no tienen gran cotización.

Cambió también la forma de trabajo. Desde los remates que se hacían al pie de los barcos a las subastas online, la transformación es evidente. «En todo: mobiliario, adornos, alhajas y obras de arte es impresionante la velocidad con que hacemos subastas, las que se miran en vivo en todas partes del mundo», agrega Juan. Van variando las modas y también los estilos; cambia cómo se revalorizan las cosas. «Lo que transmite nuestra empresa es confianza y nos la depositan al darnos los objetos para vender. La confianza se gana con el tiempo y nosotros llevamos mucho tiempo haciendo esto. Tiempo, trayecto y honestidad son entonces los pilares de la empresa.»

Los espacios físicos donde se han desarrollado estos emprendimientos, que han perdurado más de cien años, se yerguen con dignidad como si guardaran un secreto. Si las paredes hablaran podrían relatar anécdotas, describir a las miles de personas que han pasado por allí, que han cultivado vínculos estrechos, que han regresado una y otra vez en persona o a través de su descendencia en busca de aquello por lo cual la empresa se hizo de un nombre.