Bosch

Intervenciones paisaje

Un refugio, un jardín, un monumento

Por Lucía Lin
Fotografía: Leonardo Finotti, Inés Clusellas, Inventario del MNAV

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El paisaje, en cuanto concepto, es la trabazón que permite interpretar en términos culturales y estéticos las cualidades de un territorio, lugar o paraje. Es una creación cultural, es decir, humana. Casi podríamos decir que un paisaje es de por sí un paisaje antropizado ya que de alguna manera el hombre siempre incide sobre él; cuando un pintor o un fotógrafo capturan un espacio salvaje e inhabitado, con su propia selección de la parte territorial elegida están interviniendo en él. Así, esta mirada externa se convierte en la esencia original de la relación del hombre y la construcción de paisaje. Esta operación estética tiene como resultado un desplazamiento de la mirada que indefectiblemente lleva a un viaje en el espacio-tiempo que implica descubrir, explorar y en cierta medida, conquistar el paisaje.

Se proponen tres maneras de intervenir y crear paisaje que implican una operación estética a escalas distintas y con una impronta muy personal.

El refugio. “Existe una relación semejante entre un hombre construyendo su propia casa y un pájaro construyendo su nido”, escribe Henry David Thoreau en Walden, cuando hace referencia a la construcción de su refugio en los bosques. Esta analogía con el mundo animal resulta extremadamente ilustrativa a la hora de describir el íntimo vínculo entre arquitectura y naturaleza. Es por este estrecho y profundo lazo entre ambas que se toma al refugio como máxima, pero también mínima –por su tamaño– expresión de fusión entre naturaleza y artificio. No por casualidad, y en consonancia con Thoreau, el arquitecto uruguayo Mario Payssé Reyes realizó también un mediometraje donde reflexiona, precisamente, sobre esta misma analogía entre casa y nido.

El refugio implica la búsqueda de la relación adecuada con el hábitat, con la intemperie, con el paisaje: “Cada paisaje genera un diálogo diferente, una arquitectura diferente, un refugio diferente”, expresan los integrantes de MAPA. Este estudio de arquitectos es un colectivo de arquitectos brasileños y uruguayos que trabaja con proyectos de múltiples escalas y cuenta con un perfil exploratorio que se interesa por las relaciones establecidas entre habitante, objeto y paisaje, donde los refugios se convierten en una clara manifestación de esta experiencia.

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Como expresa Alberto Campo Baeza en su escrito Tu casa, tu museo, tu mausoleo, el refugio se relaciona con “lo estereotómico, la tierra, la roca, lo pétreo, lo pesante, lo oscuro", la cueva que "acogió en sus entrañas al hombre”. Desafiando esta idea primitiva, en cuanto al material y su lógica constructiva original, el estudio MAPA trabaja con piezas prefabricadas que afrontan el vínculo con el paisaje desde otro lado, subrayando el nexo entre refugio y paisaje. Así, “las estrategias de economía dimensional y material repercuten en la minimización de los desperdicios y en economías productivas de materias primas". Otro aspecto es la minimización del impacto en el lugar, donde la conjunción entre objeto y paisaje da lugar a vínculos de cercanía, de vistas, de contacto con la naturaleza que conforman una nueva entidad que establece una fuerte conciencia con la materia prima y su capacidad de reversibilidad. Por otra parte, el refugio implica no sólo las relaciones físicas y del habitante con el sitio, sino también aquellas generadas por la luz, el clima y el tiempo. Así, el límite arquitectónico a la hora de ocuparse de la privacidad implica asumir y contemplar estas relaciones que invocan a la intimidad como un aspecto que convive profundamente con la naturaleza, pero también con lo doméstico, lo funcional y el confort: “Entendemos estas arquitecturas desde la experiencia del individuo. Cuando alguien –estando en el paisaje– puede protegerse de los medios, y aún así sentirse en la naturaleza, es donde vemos el lugar de estos proyectos” afirman los integrantes de MAPA.

El refugio, un espejo de esta nueva arquitectura que intenta dialogar sutilmente con el paisaje, capaz de potenciarlo permitiendo el contacto directo del habitante con lo que lo rodea, el refugio como una ventana que mira hacia el territorio procurando no inquietar la fragilidad y el ritmo natural del lugar.

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El jardín. No es la fusión entre naturaleza y artificio que invocan los refugios, sino el espacio intermedio, donde aparece domesticada la vigorosa e indomable naturaleza, en el punto de encuentro entre el paisaje y espacio utópico es que se ubica el jardín. Esta confluencia se puede ver materializada en la obra del paisajista uruguayo Leandro Silva Delgado, donde es precisamente en el cruce entre el arquitecto y el artista donde se desempeña su trabajo como paisajista. Su actividad creadora se mueve en torno al jardín público y se puede ver en la restauración del Real Jardín Botánico de Madrid, perteneciente a los Borbones, o el jardín en las afueras de la ciudad de Segovia, más conocido como el Romeral de San Marcos. Su manera de conjugar lo público y lo privado sirvió de inspiración para paisajistas a lo largo y ancho del globo. Pero como resalta el paisajista Fernando Bianco, su legado no se restringe a la obra verde materializada, sino que se extiende a la transmisión de conocimiento y al espíritu docente que lo caracterizó.

El paisajista establece relaciones de la arquitectura con su contexto, por lo que debe contar con una actitud integradora y de respeto hacia lo público y lo privado: “El paisajista debe llevar la arquitectura de la vivienda o edificio al jardín; tomar materiales, proporciones, etc., de la vivienda y trasladarlas al mismo”, afirma Bianco. Así se logra arquitecturizar el paisaje, generando intervenciones capaces de transmitir a través de su presencia, escala, textura, iconografía y movimiento, estableciendo un intercambio constante no sólo con la naturaleza vegetal, sino también con lo matérico que puede ser desde una piedra hasta el agua contenida o libre que corre por el lugar. Un espacio idílico que a menudo se lo vincula con lo irreal y que va abriendo nuevos escenarios con variedad narrativa, un diálogo entre escenarios naturales e intervenciones artificiales que se hace manifiesto cuando entra el habitante e interactúa con él, creándose un pequeño paraíso vegetal con el que comparte la bervedad, concisición y el propio silencio de la arquitectura que precede o antecede: “Es muy importante que el paisajista y el arquitecto trabajen en conjunto o en comunicación para asegurar una buena obra”, establece Bianco.

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Este espacio formal delimitado que es el jardín es obra de un paisajista que invocando al genio del lugar es capaz de lograr una proyección animista sobre el sitio y la naturaleza, que conjugados posibilitan incluso, una dimensión con sentido trascendente.

El monumento. El paisaje habla de un lugar, de un momento, y es el hombre con su mirada el que lo define. De alguna manera estudiar el paisaje significa estudiar al hombre y su forma de ver. El paisaje es entonces una expresión e invención humana que se materializa en un soporte: pictórico, fotográfico, entre otros. El artista es, por lo tanto, un creador de paisaje, su espíritu es puesto en representación para luego ser observado, vivido, sentido. “Cuando hago una obra, el lugar es el detonante, sea arquitectura o escultura”, afirma Rafael Lorente, arquitecto y artista plástico.

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Se toma al monumento como punto de encuentro entre paisaje y artista, pieza capaz de condensar y alzar formalmente la experiencia colectiva y su memoria en el espacio. El monumento es la representación de determinados significados y valores de un grupo social dado con una connotación exquisitamente estética asociada a una idea de belleza que se implanta en un escenario urbano. Es por este motivo que algunos monumentos son considerados obras de diseño, pero también de paisaje urbano, como es el caso del monumento a la Justicia ubicado en el Pasaje de los Derechos Humanos en conexión con la plaza Libertad: “Vacié el espacio e hice del espacio el protagonista de la obra. Generé una plaza, un lugar público donde hay insertados tres o cuatro objetos: un triángulo, un círculo y unos bloques de piedra de granito”. El valor sombólico de estas piezas que aluden al valor de la justicia dispuestas en el espacio generan un paisaje, es una obra paisajistica, no objetual y al igual que un jardín, el habitante, el espectador es el encargado de darle vida, recorriéndola, sintiéndola, porque la obra forma parte de ese espacio y no se separa de él. Así, el escultor realiza una apuesta que va más allá de la obra, incorpora un paisaje al mismo tiempo que lo está calificando.

La conjunción entre objeto y paisaje da lugar a vínculos de cercanía, de vistas, de contacto con la naturaleza que conforman una nueva entidad que establece una fuerte conciencia con la materia prima y su capacidad de reversibilidad.

El artista necesita descubrir y explorar el paisaje, ver las implicaciones que tiene el lugar, si es un paisaje natural o urbano, estudiar sus pre existencias, la historia, quiénes van a ser los usuarios para luego concebir la obra. Esta no se crea en el taller, es el espacio y el vínculo con el lugar el que la determina. Y a partir de la colocación del objeto artístico se conquista el espacio, creando un nuevo lugar.

Ya en una escala menor, Lorente invoca al paisaje a través de sus fragmentos. Con sus cajas de la serie Monte criollo de 1988 está haciendo una representación del universo natural mediante la colección de sus vestigios. La búsqueda de una afinidad con materiales naturales lo lleva a generar esta propuesta sintética -y hasta cadaverizada- de la naturaleza y el paisaje.

Ya sea en una escultura o en una cajita con elementos naturales, el paisaje es el detonante, la materia prima y el resultado, donde el sentimiento de construcción resulta inseparable del espíritu creador del artista.