Bosch

Virginia Patrone

Ciudad, tango y mujer

por Malena Rodríguez Guglielmone
Fotografía: Carlos López

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El quehacer creativo de Virginia Patrone gira en estos tiempos en torno a la muestra que inaugurará a fin de año en Barcelona, en el Consulado de Uruguay, para conmemorar los 100 años de “La Cumparsita”. Planteada la consigna, la artista bucea en materiales que no le son ajenos: el tango ha estado presente en su existencia desde niña y, como todo en la vida, tiende a mezclarse con otros temas sobre los que ha venido reflexionando desde siempre, como la figura femenina y la ciudad.

De momento el juego parte de las letras vinculadas a este legendario tango que está de aniversario: la original de Gerardo Matos Rodríguez y la más popular, del argentino Pascual Contursi. El modo de incorporarlas en su expresión viene dado por un hecho histórico que coincide con la fecha de nacimiento de “La Cumparsita”. El primer manifiesto dadaísta también surge en 1917 y la artista se vale de esta coincidencia para trabajar a la manera en que se manejaban los dadaístas. Estos artistas, que negaban el sentido en el arte, planteaban un mecanismo de hacer poesía con el cual recortaban frases y las ponían en una bolsa para luego sacarlas aleatoriamente y armar textos. Igualmente, Patrone escribió a mano las letras y las recortó y luego de entreverarlas las ha dispuesto sobre una tabla formando nuevos sentidos. Así ha venido trabajando, investigando por distintos caminos y lenguajes, experimentando y jugando con la emoción que eso supone. La muestra consistirá en unas diez telas, unos quince dibujos, así como también un video que hará con su hijo Rodrigo y algunas obras en formato de historieta. “Las diez telas son el continuum de mi pintura que sigue buscando”, explica Patrone mientras muestra algunas de las que ya están terminadas. “También trabajo en dibujo; y el animé me interesa muchísimo porque es una fuente visual muy importante y es otra forma de decir. En una historieta tenés permiso para parodiar, para exagerar, para mentir. El video también jugará con otra manera de ficcionar.

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En la obra de Patrone está presente la ciudad; es el lugar donde sucede el tango, donde se gesta este arte predominantemente urbano. Y como en toda su obra, hay un lugar importante que es ocupado por la mujer.

La ciudad. Desde hace muchos años el taller de Virginia Patrone está ubicado en plena Ciudad Vieja. La luz entra por la ventana que da a la calle Pérez Castellanos e ilumina el gran atril donde están dispuestos los pedacitos de papel, uno arriba del otro, con los fragmentos de las dos letras de “La Cumparsita”. A partir de estos se inspira y da vida a las grandes telas que serán trasladadas a Barcelona.

“No es la idea hacer una obra sobre el tango que sea melancólica, folclórica o tradicionalista, sino hablar de un tema que tiene repercusiones sociales importantes. Pongo el acento en el erotismo, en la sensualidad, en el personaje femenino que tiene peligrosidad”

La Ciudad Vieja es el barrio de su infancia, es donde aprendió a amar la ciudad. Gracias a las caminatas que hacía con su padre y las charlas que compartían fue conociendo los edificios emblemáticos y los distintos estilos arquitectónicos. “Mi padre fue siempre un hombre muy interesado en la arquitectura”, cuenta Patrone. “Estudió en la Escuela Industrial para ser ayudante de arquitecto y trabajaba como arquitecto. Hasta el día de hoy, salimos a caminar por Barcelona y siempre me dice ‘mirá esto, mirá aquello’. Y acá era igual. Cuando era niña vivíamos en Buenos Aires y Juan Carlos Gómez e iba a la escuela República Argentina. Mi padre o mi madre me pasaban a buscar y atravesábamos la plaza Independencia. Y todos los días veía el Palacio Salvo ahí, con sol, con días nublados, con lluvia, con temporal… A lo largo de mi vida tal vez crucé como cinco mil veces la plaza Independencia. En otra época muy importante de mi vida viví enfrente, en el edificio que se llama Windsor pero que antes tenía otro nombre, un edificio que es Art Déco, allí en la esquina enfrente al Salvo. Entonces lo veía desde las ventanas. Eso también fue motivo de que yo le tuviera más cariño. Todo esto está muy tejido conmigo, entonces cuando empecé a pintar me planteé muy tempranamente reflejar todo eso”.

Virginia Patrone estudió arquitectura y le ha gustado relacionar Montevideo con sus edificios, algo que está fuertemente vinculado a su historia. “Todo lo que ocurrió en la ciudad es muy visible. Desde la independencia, la apertura, el ejido, cómo se repartió y se armó la ciudad… Todas las calles tienen los nombres importantes que te ayudan a entender cómo creció. Ves los tiempos de riqueza, las épocas de los arquitectos formados en Europa, la arquitectura afrancesada, la expresionista, la racionalista, la influencia de la arquitectura alemana y holandesa. Ves qué partes se deterioraron y qué momentos fueron de mayor nivel cultural. Todo esto forma del caldo en el que yo me formé y me crié”.

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En 1996 hizo una muestra que tituló Montevideo por encargo. Era como un manifiesto de su amor por Montevideo y su arquitectura. Lo que hizo fue convocar a gente como Jorge Abbondanza, el arquitecto Mariano Arana, el escritor José Pedro Barrán, el periodista Miguel Carbajal, y otras personas que expresaban su amor por la ciudad. Les pidió que le encargaran un cuadro al viejo estilo. Su expareja y también artista Álvaro Pemper le pidió que pintara el hotel Colón en cuatro horas distintas del día. Alguien le pidió el Yacht Club. Otro el retrato del fantasma del Bazar Colón que no existe más. Con sus creaciones hizo una muestra grande en el Cabildo.

El tango. La adolescencia de Virginia transcurrió en los años 60, hija del rock’n roll, aunque en la casa su madre escuchaba tango. La recuerda con un oído extraordinario. Su progenitora había sido criada en una familia de italianos y franceses donde había ópera y música clásica. Las hermanas mayores, una violinista y la otra pianista, se burlaban de ella cuando escuchaba a Gardel. Pero su madre estaba más allá de lo académico que le querían imponer sus hermanas. “Con el tango yo tengo algo que tengo también con la arquitectura anterior a mí”, dice Virginia. “Lo vinculo porque es también urbano y está tan tejido con esa misma cosa que he sentido por Montevideo y cómo vivirla. Me di cuenta tardíamente, cuando tenía 30 años e iba viajando por Francia. Iba por la carretera buscando qué escuchar en la radio y empieza a sonar un tango. Me tomó por sorpresa y me di cuenta de que se me caían las lágrimas, que la emoción me sobrecogía. Entonces entendí que esto está mucho más adentro y más relacionado conmigo de lo que imaginaba”.

El interés por el tango la llevó a trabajar en un colectivo de artistas y a ir mostrando la obra por distintas ciudades de Europa. Con el tiempo fue entendiendo también que su vínculo con el tango se junta con su interés en el lugar de la mujer, en todos los aspectos. Estuvo escuchando muchos tangos de Gardel, muchas letras, y encontró que hay algo que se repite en relación al personaje principal, que es el hombre, y el lugar que ocupa la mujer. Para ella la mujer siempre está en alguno de tres casilleros bien diferenciados. Por un lado, la mujer que le atrae al hombre, que lo erotiza, la que ama con pasión; en general esa es una mala mujer. En la milonga es una mujer que lo traicionó, que lo hizo sufrir, que lo abandonó. Una mujer por la cual él abandonó a su madre. En segundo lugar, está la noviecita, que es un personaje casi santo, virginal totalmente, que muchas veces muere prematuramente, con frecuencia de tuberculosis. Y luego está la madre, que es fundamental, y que es santa y virgen de algún modo.

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La mujer. En los cuadros de Virginia están en general las mujeres fatales, esas a las que se refieren las milongas, las malas mujeres. Son mujeres que miran descaradamente desde el lienzo. “Te miran para que veas que son mujeres con toda la complejidad que eso implica”, acota la artista. “Y el hombre queda oscurecido, más en segundo plano. Hay un ambiente que tiene que ver con la ciudad y con otras cosas que yo meto en la pintura porque me interesan, que vienen a armar el ambiente en general. Estas mujeres de las que habla el tango son anteriores a mí, aunque no sean de mi familia, son lo anterior montevideano. No tienen que ver directamente conmigo, pero estuvieron antes que yo y seguramente son parte de mí. Es muy complejo lo que uno recibe, es algo que viene por muchas vías”.

Hay letras de tango, aceptadas y naturalizadas, que han causado una fuerte impresión en la artista y que la han impulsado a trabajar en este tema. Frases que dicen, por ejemplo: “Pobrecita cómo lloraba/ cuando ciego la eché a rodar/ la patota me miraba/ y no es de hombre aflojar” (pertenece al tango “Patotero sentimental”, de Carlos Gardel). “Es tremendo todo lo que dice en dos frases”, dice Virginia. “Esa idea de que la mujer es como un peligro para el hombre, la mujer que lo apasiona es tan peligrosa que hay que destruirla, hay que pegarle y matarla. Es tan natural en las letras de tango –‘Su boca que reía yo no pude matar’–. Hay como una cosa de orgullo, esta mujer me tiene hecho un trapo y yo la tendría que matar, pero no puedo. Es algo que sigue operando porque sigue existiendo la violencia”.

Y entonces viene la pregunta inevitable: Como artista, Virginia, ¿te costaron más ciertas cosas por el hecho de ser mujer? “A mí lo que me pasa es que no lo he pensado en esos términos, nunca pensé en mí en lo que tiene que ver con mujer pintora, sino como alguien que pinta. Nunca pensé en esos términos, pero te puedo asegurar que sí, que ocurre. Yo no me quejo para nada ni lamento nada, pero sí me doy cuenta que es más fácil reconocerle méritos a un hombre que a una mujer. Sigue siendo hoy día así. Soy mujer y por eso es tan importante la mujer en mi obra, pero no es un tema. Nunca pensé que por mujer hubiera cosas que no me correspondieran socialmente. De chica jugaba a los detectives y a los cowboys. Y me parecía raro que mi madre fuera Nora Mochetti de Patrone y mi padre no fuera Hugo Patrone de Mochetti. Lo planteé a los 5 años”.

Nuevamente la infancia. En la pintura y en la conversación siempre vuelve a los años primigenios. “Es que no está atrás la infancia, está dentro tuyo. No es algo que ya pasó, yo no veo la vida como algo lineal. Uno es el que es, evoluciona, pero las cosas no se pierden, están todas allí. Transitarlas, entenderlas, vivirlas, trabajar con la emoción que me producen es mi materia de trabajo. Esto del tango está tejido con esa cosa urbana de lo anterior y lo permanente”.

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El Palacio Salvo. “Recuerdo que en mis tiempos de arquitectura lo veía más analíticamente y hacía unos juicios de valor relacionándolo con los períodos históricos y esta cosa un poco ecléctica que tiene. Luego, quitado ese peso universitario, me di cuenta de lo importante que era ese objeto para mí, esa gran escultura. Es un sueño loco, es realmente la obra de un soñador. Lo he pintado muy vinculado a la figura femenina. Es como un gigantesco robot, a mí me gusta mucho la ciencia y la ciencia ficción y me gusta jugar con la idea de lo inanimado que parodia lo humano”.